Pasan las horas y yo sigo mirando el reloj. Lento paso de las agujas tengo, me desespero. Miro por la ventana y todo está tranquilo, no hay nada allí abajo que me pueda interesar. Devastación, destrucción, hambre sólo puedo seguir esperando a que todo esto pase. Pero se me hace largo, no puedo evitar la sensación de dejadez a la que ha llega esta efímera vida y sin embargo tengo ganas de vivir. De sentir de nuevo bajo mis pies el crecer de la hierba, el aire fresco golpear con disimulo mi tez.
Quizás este sea mi último día entre los mortales, entre esta raza que desesperada por perdurar se mata por un trozo de tierra. Pero la que yo defiendo no es mía, nunca fue mía. Me engañaron o mejor dicho, me dejé engañar. Y ahora me encuentro sólo mirando por la ventana esperando a que llegue la hora marcada.
Poco queda ya de lo que antes era conocido como persona, me han ido destruyendo, poco a poco. Me he visto obligado a matar y cada noche antes de dormir los gritos de la gente se me repiten una y otra vez. Me martillean el alma y me recuerdan que por un instante yo me vestí de vieja y negra muerte para asestarle el golpe final con la hoz.
Un trozo de papel y un lápiz, única concesión que tenemos hoy. Puedo escribir cualquier cosa y me hayo divagando sobre todo esto. Sinceramente, si lo pienso es todo una locura. Pero al contrario de parecer un sueño, una pesadilla mejor. Es real, tan real como el sabor de una naranja recién exprimida, que llena de dulce aroma tus sentidos invadiendo tu paladar.
La última misión así la ha descrito el Coronel, la última misión para nosotros…claro. Pues seremos la carnaza que sirva de victoria en esta guerra sin sentido. Mis hombres desalentados vislumbrar su pésimo destino, merodean por la sala en silencio como entes ya sin vida. Mientras algunos pocos, como yo, aúnan fuerzas para escribir cuatro miserables líneas en un trozo de papel.
Nos han dicho que somos héroes, pero todos acabaremos bajo tierra. Héroes de un pueblo ajeno al nuestro, salvar matando no tiene sentido. Pero somos soldados y éste es nuestro deber. Y si el sino de nuestras vidas es morir en campo de batalla lo haremos con tristeza, pero lo haremos. Pues hace tiempo que entendimos que esta guerra no es nuestra, ni siquiera del enemigo. Nuestros políticos nos envían a repartir una justicia sin preguntarnos si queremos ser jueces.
¿Medallas? Sumo ya catorce a falta del Corazón Púrpura, pero esta no me será entregada a mí. Mi familia tendrá ese doloroso honor. Así que cuando les sea recibida espero que esta carta ya haya sido leída. Para que entiendan que no deben sentir pena, ni mucho menos orgullo. Pues inocentes han caído en mis manos por culpa de órdenes y directrices.
No crean que soy un héroe, ni un mártir, no crean que ser soldado en una guerra es un acto de valentía. Ninguno aquí somos valientes, de hecho ahora los miro a todos y solo veo veinteañeros asumiendo que cada minuto que pasa es un minuto menos de vida.
¡No estéis orgullosos de vuestro hijo, ni mucho menos de vuestro país! Pues las guerras no las gana nadie, las guerras son un burdo invento para solucionar conflictos políticos y en este nos han medito para “mediar” a base de fusil. Y allí en el campo de batalla te sientes sólo, con tú instinto que no deja de gritarte que salgas de allí, que te escondas que dejes atrás todo aquel ruido.
¡Bombas, caen bombas! Hace tiempo que dejé de preguntarme de qué bando son, pues ya no tiene sentido, sólo caen. Es el primer aviso, empezamos a recoger, queda menos de una hora para que nuestra ejecución sea efectiva. No hay vuelta atrás en esta misión el objetivo está claro, destruir una base de comunicaciones repleta de unidades enemigas, nos superan en número y hay que meterse hacia el interior. Quizás lo más triste es saber que somos sólo un cebo y que si no obtenemos el éxito, al menos, habremos distraído al enemigo lo suficiente como para que otra unidad tome su posición.
Esto es la guerra, un interminable juego de ajedrez. Donde para matar al rey debes, a veces, sacrificar alguna que otra ficha…aunque esta sea la reina. ¿Qué ficha somos nosotros? Da igual…aunque seamos la reina la partida ya está marcada y desde que éste pelotón fue creado, estos soldados que están bajo mi cargo y yo estamos destinados a sucumbir bajo la ira del enemigo.
Me tengo que ir despidiendo, el mensajero ha llegado. Quisiera aprovechar hasta el último trozo blanco de papel para dejar algo con lo que me recordéis. Y solo me sale pedir perdón y deciros que cuando icen la bandera a media asta no lloréis, ni sintáis pena, pues los que me asesinaron los tendréis a vuestro lado enorgullecidos de este soldado. Pues que tengáis claro que fueron ellos los que me enviaron a morir. ¡Os quiero!
Carta de un soldado cualquiera.
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No sé si es casualidad o no, pero traté este tema hace poco
¡¡¡¡No lo hagas, Laocoont!!!! ¡¡¡¡Noooooooooooooooooooooo!!!!
XD
Precioso relato tío y comparto gran parte de lo que dices. Me estoy aficionando al tema este de las fumadas… ^_^
Precioso, hasta me he emocionado, y no escoña. Estoy por enseñarselo a mi madre para que vea el el ”interné” no son solo cuatro tonterias.